LIBRES PARA APRENDER

En la literatura, durante años, los búhos se constituyeron en símbolos de sabiduría, poder, justicia y divinidad. Eran parte de la medicina popular y la magia, siempre en vigilia y atentos en las noches. Romeo sabía que era la alondra quien anunciaría el amanecer para partir y escapar con Julieta.

La ciencia ha investigado los ciclos del sueño y ha adoptado estos términos para definir los patrones y períodos de actividad de las personas. Las alondras tienden a ser madrugadoras: se despiertan temprano y tienen su pico de energía por la mañana. En cambio, los búhos son personas que se despiertan tarde y son más enérgicas por la noche. Los niños son alondras y los adolescentes, búhos por naturaleza.

La sincronización de las funciones corporales muestra diferencias entre quienes se activan temprano en el día y quienes lo hacen más tarde. Lo matutino y lo vespertino no deben considerarse solo como aspectos temporales, sino también como respuestas a las funciones y actividades de cada persona frente a los horarios dictados por la vida exterior, como los que marca la escuela.

Veamos cómo funciona en nuestro organismo. Un reloj humano central, ubicado en el hipotálamo, regula los ritmos hormonales y conductuales. Marca las preferencias de sueño a partir de estímulos de luz y oscuridad a través de la retina, junto con células del sistema nervioso central genéticamente preparadas para regular los ciclos vigilia-sueño. Estos se sincronizan con la alternancia de día y noche o con las distintas rutinas sociales. Son los llamados ritmos circadianos. Expresan ciclos de 24 horas que regulan diversos procesos fisiológicos y conductuales en los seres vivos, influyendo en funciones tales como el sueño, la vigilia y otros procesos vitales.

De ahí que la ciencia haya acuñado el término cronotipo. Son las preferencias individuales marcadas por los ritmos circadianos y los factores genéticos que definen cuándo son los momentos óptimos para estar activos o descansar. Se distinguen tres tipos diferentes: los matutinos y vespertinos (ambos divididos entre extremos y moderados) y los no definidos.

Pero, más allá de ser una preferencia biológica en el mundo adulto, la nocturnidad y la falta de sueño en la adolescencia pueden afectar funciones cognitivas y ejecutivas. No podemos decir que los adolescentes son perezosos a la mañana y no atienden en la primera hora de clase. Siendo alondras en la infancia, durante la adolescencia cambian los patrones de sueño y se vuelven búhos: comienza la pubertad y hay transformaciones en la estructura y dinámica cerebral. Necesitan otro manejo del tiempo. Dormir las horas adecuadas mejora la memoria, la velocidad de procesamiento, la concentración y otras funciones cognitivas. Con poco sueño, muchos adolescentes carecen de estas funciones, además de experimentar un jet lag social, padecer enfermedades como obesidad y depresión, e incluso un mayor riesgo de suicidio. Asimismo, la nocturnidad extendida favorece el consumo de sustancias nocivas. Si retrasamos el horario escolar, la somnolencia diaria disminuiría.

La educación ha planificado los horarios escolares a contrasentido de las etapas de desarrollo biológico del niño y del adolescente, y de los ritmos circadianos individuales y etarios. No solo en la decisión de la hora de inicio de clases, sino también en cómo se distribuye, diseña y alterna la carga de las distintas áreas del conocimiento y actividades complementarias dentro del horario escolar. Es hora de recrear un modelo educativo en nuestro país que tome en cuenta estos hallazgos científicos para no seguir enseñando contra natura y aprovechar al máximo el cronotipo de los alumnos.