En el debate público sobre educación, pocas frases se repiten tanto como esta: “Hay que capacitar mejor a los docentes.”
Y, sin duda, la formación continua es un componente clave para mejorar la calidad educativa. Pero… ¿qué tipo de capacitación estamos ofreciendo hoy?
En muchos casos, las propuestas formativas disponibles para el desarrollo profesional docente no logran dar respuesta a los desafíos reales del aula.
Se repiten enfoques teóricos que no contemplan las condiciones materiales, culturales o pedagógicas de las escuelas, y se perpetúa un modelo que prioriza la acumulación de puntaje antes que la transformación de la práctica.
Según datos del IIPE UNESCO y de la Secretaría de Educación de la Nación, más del 60% de los docentes afirman haber participado en instancias formativas que no pudieron aplicar en su contexto de trabajo. Y aún así, esas instancias siguen marcando la carrera docente, alimentando una lógica que premia la cantidad por encima del impacto.
Esta desconexión entre la formación ofrecida y las necesidades concretas del aula representa una oportunidad desaprovechada. La capacitación debería ser una herramienta para fortalecer la autonomía pedagógica, afinar el juicio profesional y acompañar los procesos de transformación que exige una realidad educativa en permanente cambio.
En los sistemas educativos con mejores resultados, la formación continua se concibe como una instancia situada, basada en evidencia y articulada con el trabajo colaborativo entre docentes. Se entiende que capacitar no es transmitir contenidos abstractos, sino generar herramientas prácticas, contextualizadas y sostenibles que mejoren los procesos de enseñanza y aprendizaje. Por ello, los esfuerzos de política educativa en esta área se orientan a formar profesionales críticos, comprometidos y capaces de liderar procesos de mejora en sus comunidades escolares.
Desde Libres para Aprender sostenemos que no alcanza con multiplicar las horas de formación. Es indispensable repensar el sistema en su conjunto para que la capacitación docente sea útil, efectiva y coherente con los desafíos del presente. Esto implica diseñar políticas que reconozcan el tiempo invertido por los educadores con criterios de calidad, que premien la mejora profesional y no solo el ascenso administrativo, y que pongan en valor el conocimiento que los propios docentes generan a partir de su experiencia.
Al fin y al cabo, formar docentes no debe reducirse a una visión instrumental de los educadores como simples “recursos humanos”. Por el contrario, implica invertir en el capital humano más estratégico de una sociedad: quienes enseñan, quienes acompañan trayectorias y quienes construyen futuro en cada aula del país.