Casi todos nos acordamos de las primeras maestras: su rostro afable, su perfume, detalles de su atuendo, la modulación de su voz y el contagio de su pasión por enseñarnos a aprender. En los libros de lectura eran retratadas como una figura maternal, sonriente, en los primeros grados, donde las ventanas de la oportunidad para el desarrollo futuro del niño se abrían de par en par. Las maestras recreaban ambientes de aprendizaje colectivos fértiles, donde la atención, la memoria y las emociones conjuradas a pleno almacenaban conocimiento y grababan los patrones individuales de cada aprendizaje para seguir aprendiendo.
¿Qué camino puede seguir el docente para convertirse en guía pedagógico y mentor de empatía al mismo tiempo? Despertar la confianza de los niños, permitirles encontrar sus propias formas de aprendizaje y ayudarlos a organizar sus estructuras mentales y cognitivas autónomas amerita este esfuerzo de doble función.
La innovación pedagógica continua es clave para el uso de herramientas con evidencia científica, la experimentación y la evaluación de situaciones de aprendizaje: desarrollar en el alumno las capacidades analíticas y de autogestión, de discusión, de retención y reflexión, de aprender del error y de compartir sus ideas. Todo esto requiere ayudarlos a emprender, ser curiosos, en ambientes empáticos y motivadores. En definitiva, aprender a enseñar es crucial.
Por otro lado, la forma en que un docente aprendió y fue socializado durante su niñez influye significativamente en su práctica pedagógica. Sus movimientos, su lenguaje gestual, su comunicación visual, la modulación de su voz, su templanza y su paciencia son herramientas intangibles que no se aprenden en los libros, sino que provienen de su propia crianza, de los ambientes familiares y comunitarios en primera instancia, y de las experiencias de aprendizaje que vivenció.
Un docente que vivió un aprendizaje percibido como relevante y conectado con sus intereses estará mejor preparado para entender cómo los alumnos construyen el conocimiento y, por lo tanto, podrá adaptar sus prácticas para que sean significativas, fortaleciendo la conexión emocional en la clase. Enseñamos como aprendimos.
Hoy la neurociencia nos explica que las sinapsis o conexiones neuronales necesarias para el aprendizaje se fortalecen mediante las conexiones interpersonales en medio de un ambiente emocional positivo. Las neuronas espejo que poseemos los humanos son las artífices de esta maravillosa hazaña, clave para la construcción emocional y energética que enciende el aprendizaje individual y colectivo.
¿Qué piensan ustedes? ¿Deberán los docentes ser capacitados viviendo experiencias en sus trayectos formativos similares a las que luego tendrán que crear? ¿Es necesario actualizar los índices de medición de los ambientes de aprendizaje con variables que puedan captar estos hilos intangibles de la interconexión humana?